La Ética en la Psicología


La psicología es una disciplina que por su objetivo central (“ayudar a otros”) debe contar con profesionales altamente empáticos, de forma que puedan reconocer al otro como similar, comprender sus sentimientos y emociones, reconociendo la complejidad de los contextos en los que transcurre la vida (López, Filippetti y Richaud, 2014, p. 37) de manera que se logre una comprensión de los estados mentales y emocionales de los demás y actuar con compasión hacia el otro.
Esta capacidad de empatía y de actuar con compasión parte de la identidad que se desarrolla como ser humano, en la medida que como seres sociales desarrollamos una interdependencia, es decir, un sí mismo relacional que parte de la idea de que no es posible existir sin el otro, los contextos y las personas se desenvuelven en la interacción con el otro (Araya y Moncada, 2016, p. 68). En ese sentido, “en la auto-compasión, este sí mismo relacional podría entenderse como un elemento que permita fundamentar una humanidad compartida, como principio de este sí mismo compasivo” (Hanh. 2009; citado por Araya y Moncada, 2016, p. 69).
Sin embargo, existen casos en los cuales los profesionales en psicología no se evidencia de forma clara la compasión y el cuidado hacia el otro, lo cual se refleja en, por ejemplo, las crecientes quejas que se presentan ante los Tribunales de Psicología sobre mala praxis en los diferentes campos de acción de la psicología (COLPSIC, 2018).
Esto puede ocurrir por una falla en la integración entre los valores morales personales y los códigos éticos profesionales, llevando a que los profesionales actúen de forma inapropiada, acudiendo a argumentos “éticos” para justificar acciones que terminan en daños a los usuarios, sin embargo dichos argumentos no son éticos sino que pueden relacionarse con razones personales egoístas, acciones impulsivas, desconocimiento de los estándares éticos profesionales, posicionar los intereses personales sobre el bienestar de los usuarios, y en general con la falta de reflexión sobre las implicaciones de los actos realizados (Knapp, Handelsman, Gottlieb, y VandeCreek; 2013).
Knapp et al., (2013) en relación con esto explican que la identidad ética desarrollada por algunos profesionales de psicología resultan en un actuar profesional problemático al generar acciones areflexivas, carentes de un pensamiento crítico en cuanto a sí mismos, sus acciones y las implicaciones éticas de las acciones.
Surgen preguntas en cuanto al desarrollo humano de estos profesionales, lo cual en palabras de Gilligan implica:
En vez de preguntarnos cómo adquirimos la capacidad de cuidar de otros, cómo aprendemos a adoptar el punto de vista del otro y cómo superamos la búsqueda del interés propio, nos vemos impelidos a cuestionarnos cómo perdemos la capacidad de cuidar de otros, qué inhibe nuestra facultad de empatía y nuestra sensibilidad hacia el clima emocional de nuestro entorno, por qué somos incapaces de percibir la diferencia entre estar o no estar en contacto y, lo que resulta aún más doloroso, cómo perdemos la capacidad de amar (2013, p., 13).
El poder ejercer de forma correcta una profesión con la psicología, implica entonces desarrollar una capacidad de amar, la cual en el ser humano -parafraseando a Gilligan (2013, p., 13-14)- es una ética del amor, una capacidad de amar que facilita el desear estar en contacto con el otro y ser sensibles al clima emocional de quienes nos rodean, y en esa medida proteger la confianza depositada en el profesional. Cuando esta capacidad no está se destruye la confianza y se produce un daño moral. En el caso de la psicología es muy pertinente lo que describe el psiquiatra Jonathan Shay:
Muy a menudo, afirma Shay, «nuestra forma de escuchar degenera en una clasificación intelectual en la que el profesional se dedica a cazar las palabras del veterano y a meterlas en cajones mentales». Damos por hecho que sabemos lo que estamos escuchando, que en realidad no tenemos que escuchar, que ya lo hemos oído antes. Somos «como los visitantes de museos que limitan su experiencia a decir mentalmente ‘¡Eso es cubista...! ¡Eso es un Greco!’ pero nunca ven nada de lo que están mirando». Shay observa que «esta manera de escuchar destruye la confianza» (1994, citado por Gilligan, 2013, p., 14).
Al igual que en psiquiatría, en psicología puede ocurrir que se desestima el escuchar al otro, comprenderlo, ser compasivo y empático con el otro, tratarlo con amor, para darle prioridad a generar un diagnóstico a partir del cual se “recete” un protocolo de intervención. El acetaminofén de los psicólogos son los protocolos genéricos de intervención, los cuales son “recetados” según diagnósticos superfluos y hechos de afán, medicalizando y despersonalizando la interacción con nuestros usuarios. En relación con esto González y Pérez mencionan:
El modelo médico de terapia psicológica concibe el trastorno mental como un cuadro de síntomas que responden a un supuesto mecanismo psicológico interno disfuncional (equivalente a la condición biológica que supone el modelo médico de enfermedad). Así, la terapia psicológica consistiría en la aplicación de técnicas específicas, que vendrían a ser equivalentes a la medicación (aun cuando tal especificidad no existe ni en psicofarmacología ni en psicoterapia) (2007, p., 16).
En este panorama surgen muchas dudas que no podrían ser abordadas en este documento por su extensión y naturaleza, sin embargo se podría resaltar lo siguiente: La psicología no está aislada del orden patriarcal por la que nuestra sociedad actual se encuentra marcada, lo cual explica en alguna medida (o permite comprender un poco mejor) el hecho de que se privilegien modelos acorporales, atemporales y a reflexivos. Dado este panorama, parafraseando a Gilligan (2013, p. 29) una manera de hacer frente a ese panorama, en busca de desequilibrar el orden patriarcal, puede ser dar un giro al actuar profesional de manera tal que se dé mayor fuerza al amor, esta fuerza puede desmantelar las jerarquías de raza, clase, casta, sexualidad y género, las cuales no pueden presentarse en una disciplina que promulga principios tales como la justicia y la compasión por el ser humano.
Lo anterior implica integrar en la praxis el cuidado por el otro, teniendo en cuenta que “las actividades propias del cuidado —escuchar, prestar atención, responder con integridad y respeto— son actividades relacionales” (Gilligan, 2013, p. 30) y en ese sentido implica que el profesional en psicología pueda retomar la esencia de la disciplina en cuanto a la relación y la preocupación por el otro.
Para lograr esto puede ser interesante plantearse una ética del cuidado en la psicología, diferente a la bioética principialista que se ha asumido, teniendo en cuenta que:
La ética del cuidado no es una ética femenina, sino feminista, y el feminismo guiado por una ética del cuidado podría considerarse el movimiento de liberación más radical —en el sentido de que llega a la raíz— de la historia de la humanidad. Al desprenderse del modelo binario y jerárquico del género, el feminismo no es un asunto de mujeres, ni una batalla entre mujeres y hombres, sino el movimiento que liberará a la democracia del patriarcado (Gilligan, 2013, p. 31).
Referencias
Araya, C., & Moncada, L., (2016) Auto-compasión: origen, concepto y evidencias preliminares. Revista Argentina de Clínica Psicológica, XXV (1), pp. 67-78.
COLPSIC (2018) Historial de Tribunales, Colombia, recuperado de http://www.COLPSIC.org.co/quienes-somos/historia-de-tribunales/105.
Gilligan, C. (2013). La resistencia a la injusticia: una ética feminista del cuidado, en La ética del cuidado (pp. 10-39). Barcelona: Cuadernos de la Fundación Víctor Grífols i Lucas, 30.
González, H., y Pérez, M., (2007) La invención de trastornos mentales ¿escuchando al fármaco o al paciente? Alianza Editorial: España. P. 16.
Knapp, S., Handelsman, M., Gottlieb, M., y VandeCreek, L., (2013) The dark side of profesional ethics. Professional Psychology: Research and Practice, 44 (6), 371-
377. DOI: 10.1037/a0035110
López, M. B., Filippetti, V. A. & Richaud, M. C. (2014). Empatía: desde la percepción automática hasta los procesos controlados. Avances en Psicología Latinoamericana, 32(1), pp. 37-51. doi: dx.doi.org/10.12804/apl32.1.2014.03
Editoriales